jueves, 10 de agosto de 2006

El buscador

(...) Esta es la historia de un hombre al que se le podria definir como un buscador. Un buscador es alguien que busca, no necesariamente alguien que encuentra. Tampoco es alguien que necesariamente sabe que es lo que está buscando. Es simplemente alguien para quien su vida es una búsqueda.

Un día, este buscador sintió que debía ir hacia la ciudad de Kamir. El había aprendido a hacer caso riguroso de estas sensaciones que venían desde un lugar desconocido de si mismo. Así que, dejó todo y partió.

Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos, divisó a lo lejos la ciudad de Kamir. Un poco antes de llegar al pueblo, una colina a la derecha del sendero le llamó la atención. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón de árboles, pájaros y flores encantadoras. La rodeaba por completo una especie de valla pequeña de madera lustrada. La pequeña portezuela de bronce lo invitaba a entrar. De pronto, sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en aquel lugar.

El buscador traspasó la puerta y empezó a caminar lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como al azar entre los árboles. Dejó que sus ojos se posaran como mariposas en cada detalle de ese paraíso multicolor.

Sus ojos eran los de un buscador, y quizás por eso descubrió sobre una de las piedras aquella inscripción:

Abdull Tarek. Vivió ocho años, seis meses, dos semanas y tres días

Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que esa piedra no era simplemente una piedra. Era una lápida. Sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba enterrado en ese lugar se dio cuenta de que la piedra de al lado también tenía una inscripción. Se acerco a leerla. Decía:

“Yamir Kalib. Vivió cinco años, ocho meses y tres semanas”

El buscador se sintió terriblemente conmocionado. Este hermoso lugar era un cementerio y cada piedra una tumba. Una por una empezó a leer las lápidas. Todas tenían inscripciones similares: sus nombres y el tiempo de vida exacto del muerto.

Pero lo que le conectó con espanto fue comprobar que el que más tiempo había vivido sobrepasaba los once años. Embargado por un dolor terrible, se sentó y lloró.

El cuidador del cementerio pasaba por allí. Este acercó, lo miró llorar por un rato en silencio y luego le preguntó si lloraba por algún familiar.

- No tengo familiares aqui, soy extranjero,-respondió el buscador, luego le preguntó al cuidador:- ¿qué pasa con este pueblo? ¿qué cosa tan terrible hay en esta ciudad? ¿por qué tantos niños muertos enterrados en este lugar? ¿cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente que les ha obligado a construir un cementerio solo para chicos tan pequeños?

El anciano sonrió.

- Puede usted serenarse – le dijo – No hay tal maldición. Lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré, cuando un joven cumple 15 años, en este pueblo, sus padres le regalan una libreta como esta que tengo aquí colgando del cuello ¿ve? Y es tradición entre nosotros que, a partir de allí, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abre su libreta y anota en ella, a la izquierda, que fue lo disfrutado; a la derecha, cuanto tiempo duró el gozo…; cosas como cuando conoció a su novia y se enamoró de ella ¿cuánto tiempo duró esta pasión enorme y el placer de conocerla? ¿una semana? ¿dos? ¿tres semanas y media? O la emoción del primer beso, el placer maravilloso del primer beso ¿cuánto duró? ¿el minuto y medio del beso? ¿dos días? ¿una semana? Y el embarazo o el nacimiento del primer hijo; o el casamiento de los amigos..y el viaje más deseado…y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano..¿cuánto tiempo duró el disfrutar de estas sensaciones? ¿horas? ¿días?..así vamos anotando en la libreta cada momento que disfrutamos intensamente, cada momento..

Cuando alguien se muere, es nuestra costumbre agarrar su libreta y sumar el tiempo de lo disfrutado, escribirlo sobre su tumba..porque ese es, para nosotros el Único y Verdadero Tiempo...

Gracias hormiguita roja


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